Entre tantas putas, una virgen

En menos de cien metros: una universidad, una iglesia, un bar, un casino y decenas de mujeres que a medida que va llegando la noche van saliendo de los interiores de las casas o van llegando con cartera en mano, acomodándose las diminutas prendas que visten y pintándose los labios de color rojo incandescente, mientras el cielo limeño se oculta y las luces de la calle se encienden una tras otra.

A pesar de sus problemas sociales son imponentes y arquitectónicas sus cuadras

A pesar de sus problemas sociales son imponentes y arquitectónicas sus cuadras

Todas a sus posiciones. Algunas dan pasos a la derecha a la izquierda y vuelven a sus lugares, como impacientes. Otras, simplemente recostadas sobre la pared, casi al frente de la puerta principal de la universidad y, más arriba, dos o tres damas frente a la puerta de la iglesia. Las casas con fachadas de internet y fotocopiadoras van tomando su verdadera cara. El segundo nivel de estas antiguas y descuidadas construcciones parece ser el punto comercial de estas damas en donde intercambian dinero por un momento de placer.

Después de las 6 de la tarde, así es la avenida Colmena, entre los jirones Cañete y Chancay. ¿Cómo denominarlo? ¿Polos opuestos, antónimos o extremos?   Mejor “Vidas extremas” así como ese programa de televisión, aunque más que tratar de  lugares como este, trata de personas con una vida muy difícil, quizás sea el caso de estas damas de la noche. No lo sé, ni pretendo saberlo. Quizá, en resumen, intelectualidad y cultura versus libertinaje y vida fácil.

Pero ahora, son las once de la mañana y estoy entre el jirón Cañete y la avenida La Colmena, en la esquina de la Universidad Nacional Federico Villarreal. Aunque el cielo está gris, siento un bochorno luego de caminar unas cuadras desde la Plaza Dos de Mayo. Antes de seguir me quito la casaca que me pesa como si llevara una frazada encima, mientras recuerdo que en la mañana parecía andar en polo.

De esta casa de estudio salen y entran jóvenes, unos que otros con libros en mano, o mejor dicho, fotocopias de libros. Me voy acercando a la puerta y los grupos de villarrelinos aumentan cada vez más. Unos, casi molestos, hablan de trabajos académicos. ¿Por qué será que cuando se trata de trabajos este estado anímico? Otro pequeño grupito pasa por mi costado. Estos sí parecen felices. Lo poco que logro escuchar entre sus risas es: “Oe webón te quedaste solo con la flaca y no has hecho nada”. Arriba, sobre la puerta, la Virgen María Auxiliadora parece cuidar y guiar a los universitarios de no caer en tentaciones y vicios que la casualidad o el destino los colocó tan cerca. Ahora comprendo aquella frase que escuché decir a un transeúnte hace unos años: “entre tantas putas una virgen” Sí, una virgen cuyas plegarias parecen no llegar a la acera del frente.

Sigo caminando y voy dejando atrás a los universitarios con sus penas y sus alegrías, con sus tareas y con sus chismes. Unos pasos más y estoy frente a la Parroquia Santo Toribio. La puerta está semiabierta, me acerco un poco y entro. En pleno silencio interior, de pronto, aparece una suave voz,  la de  una monja que conversa con unos padres de familia que parecen estar afligidos. Quizás hablando de un hijo descarriado que cayó en uno de los tantos vicios de enfrente. Escucho susurros pero no entiendo de qué tratan. Universidad e iglesia; conocimiento y devoción, parecen ser complementos para una vida bien encaminada.

Ya en la esquina con Chancay giro a la derecha, cruzo la avenida y lo que vi la noche anterior ya no es más. La mayoría de las casas y establecimientos están cerrados. Ni el chifa, ni el casino están atendiendo. Aquella vieja casona amarilla y verde de donde salían y entraban mujeres de la mala vida, o quien sabe de la buena vida, también está cerrada. ¿Su trabajo solo será de turno noche? ¿La demanda, en el día, estará en otro lugar?. No lo sé. Y aunque parezca que estoy en busca de ellas, no es así. Créanme.

Llego a la esquina de Cañete con Colmena y completo el recorrido rectangular. Mi desorientación por no decidir si ir para la izquierda o cruzar con dirección a Dos de Mayo, hace creer a los jaladores de unos taxis amarillos que estoy pensando en tomar sus colectivos. Otros, los que están frente a la puerta lateral de la Villarreal, me insisten tanto, que parece que me van a convencer a pesar de que no vivo en  Puente Piedra o Zapallal que es a donde van. Me decido por la izquierda y continúo caminando en dirección al jirón Zepita y, mientras, con un gesto digo no a un jalador, veo de reojo, solo un instante, una colilla de cigarrillo flotando en un líquido amarillo. Pretendo hacerme creer que no sé qué es, pero el significado más lógico se va formando en mi mente: una noche interminable de juerga y borrachera hace que a más de uno se le olvide dónde está el baño.

Son las dos caras de la Avenida Colmena: la del día y la de la noche. Si no fuera por los universitarios que están en ambos turnos serían totalmente opuestos. La de la derecha, una vida en busca de progreso y superación; y arriba, una virgen que llora cada vez que el sol se oculta, viendo transcurrir la vida bohemia, libertina y fácil de en frente, la de la izquierda.

Acelero el paso y  cerca del jirón Zepita, mientras pienso cómo escribir esta crónica, llama mi atención una mujer de aproximadamente cuarenta años. No tan alta. Tiene el cabello de color similar al de la gaseosa cola inglesa. Unos sobresalientes rollos escapan del diminuto polo rojo que hace juego con la minifalda azul. Y si no fuese por las decenas de veces que he pasado por este lugar, esa voz, según ella, provocativa, lograría espantarme y salir corriendo. Y repito, no he venido en busca de ellas y si así fuera en este mismo instante, de seguro, cambiaría mi decisión

La Colmena que nunca volverá a ser la de antes

La Colmena que nunca volverá a ser la de antes

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