La “cultura de crisis” de la televisión peruana: ráting, ¿sinónimo de degradación moral?

¿Es esto lo que somos como país?

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El ser humano ha pasado de ser sujeto a objeto. Cada vez es visto como un ser cosificado, antes que como un ser racional con ideas y sueños, pensante, con capacidad de poder elegir y decidir. A este nivel lo ha puesto el capitalismo y los fenómenos que de él se desprenden: el consumismo, la industrialización y, en gran parte, también la globalización.

Las afirmaciones de los teóricos de la Escuela de Frankfurt, pese a que estaban basadas en el contexto tras la Segunda Guerra Mundial, parecen describir mejor que nunca los problemas sociales relacionados con la cultura de masas y los medios de comunicación. Adorno, Horkheimer y Marcuse quizá jamás imaginaron que sus críticas contra la teoría dominante, aquella que estaba detrás de la famosa Comunication Research, iban a cobrar aún mayor vigencia pasado el siglo XX. La teoría crítica no podría explicar mejor la dominación social actual por parte de la cultura de masas en manos de las multinacionales sirviendo al sistema capitalista.

Entre los distintos aspectos que enfoca la teoría crítica, dos conceptos centrales de esta corriente son básicos para analizar la (grave) situación de la televisión: la industria cultural y el individuo como objeto.

La televisión, hoy en día, está regida por parámetros de rentabilidad comercial antes que cultural. Se ha convertido en una actividad comercial regida solo por la racionalidad económica y sus leyes que pretenden disfrazar como cultura fórmulas que solo buscan afianzar el consumismo, sin importarle en absoluto los ideales de la sociedad. Marcuse afirma que el individuo de esta cultura de masas posee un pensamiento uniforme, es unidimensional, consumista y que carece de pensamiento. Precisamente todo ello, en gran medida, es consecuencia de los medios de comunicación y el modelo dominante al que se rige.

La televisión -tan igual como las otras industrias culturales: cine, prensa, libros, etc.- parece haber resumido su objetivo únicamente a la retribución económica y hasta al mercantilismo de la información. No hay nada en la pantalla que no genere ingresos rentables. Basta encender el aparato para ver como los reflectores y las cámaras se posan sobre el lado más deplorable de las masas, convirtiendo temas irrelevantes en los más importantes de la agenda diaria. Aquella cultura de crisis que no sugerían Adorno y Horkheimer, con la televisión parece haber alcanzado su máximo nivel, al menos el caso peruano es un ejemplo de ello.

La televisión peruana nunca fue un sinónimo exacto de degradación moral, sino hasta que aparecieron una serie de programas mediáticos que vulneraban la intimidad, iban contra la ética, la moral y que, en pocos años, lograron convertirse en los preferidos de la teleaudiencia.

Realitys, talk shows, espectáculos, farándula son los programas más vistos, por lo tanto, los más rentables, y tal como lo indica la teoría crítica, son la expresión de los estándares mercantilistas que origina el capitalismo, a costa de todo, sin importar si de por medio está la degradación de toda una sociedad.

Esto en vez de revertirse, con el tiempo parece afianzarse aún más. De hecho, un claro ejemplo de ello es que la televisión peruana no siempre fue así. No ocurría en los 70, no ocurría en los 80. Para algunos críticos nacionales, esto nació en los 90, de la mano del gobierno fujimorista, que instauró una dictadura asolapada, creando psicosociales y afianzado el amarillismo en los “diarios chicas” y el show de espectáculo en la televisión con los famosos talk shows. Para otros, simplemente fue la llegada de la televisión que comenzaba a imponerse en países como Argentina y México.

Lejos está este trabajo de determinar si fue uno u otro el factor propulsor de la televisión que hoy conocemos, el hecho es que no siempre rating fue sinónimo de degradación moral. Solo por citar un ejemplo: a comienzos de la década de los 80, Mario Vargas Llosa lograba alrededor 20 puntos de rating con su programa “Torre de Babel” por Panamericana Televisión, entrevistando a literatos, historiadores y otras figuras intelectuales.

“Si aquí viniera José Saramago, Premio Nobel de Literatura, hace 1.2 según Ibope Time y si a esa misma hora se presenta la muy valiosa y prestigiosa señorita Angie Jibaja, ella le gana a Saramago por 25 a 1. La pregunta es: ¿ese es el país?, ¿ustedes creen que Saramago con Jibaja es 25 para Jibaja y 1 para Saramago”, sostuvo hace unos años el periodista César Hildebrant en una entrevista en RBC.

Hildebrant hace un análisis a toda la estructura económica que hay detrás de la televisión y se hace la pregunta si entretenimiento es la única forma de hacer televisión rentable. Es aquí donde nuevamente aparece la teoría crítica, y es que la Escuela de Frankfurt plantea que en las industrias culturales se elaboran productos de baja calidad cultural, imponiendo estereotipos de consumo y ocio, transformando a ser humano en un objeto.

Lo cierto es que con la televisión de este modelo hegemónico todo se convierte en mercancía, hasta la información. Es por ello que no ha de extrañarnos la abundancia de noticias de crónica roja, de sucesos y violencia en los noticieros.

Y ni qué hablar de los programas de entretenimiento. Cada vez los límites son desplazados a horizontes que vulneran la intimidad, la honra, la dignidad. Hasta casos trágicos se han registrado, sino solo basta recordar la muerte de Ruth Thalía Sayas Sánchez, que lastimosamente quedó solo como un antecedente del libertinaje de la pantalla chica en lugar de marcar un antes y un después en la televisión nacional.

Y es que en el país la vigilancia de la calidad de la televisión está a cargo de los propios canales quienes, como es lógico, cuidan antes que nada sus intereses.

Esto y más es lo que ha trasformado la televisión de una industria cultural a un ejemplo de una cultura de crisis, y es que este medio no solo ha reforzado las diferencias, las desigualdades, sino además que ha recabado lo más hondo del ser humano, de su dignidad, para convertir en espectáculo todo aquello que implique rentabilidad.

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