Selva peruana: Anak Churu Yaku, un pueblo que no mata sus tradiciones

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Cultivos de plátanos en Anak Churu Yacu /  Foto: Ivan Rondán

“Me dijeron que coma diez hectáreas de plátano porque solo pesaba 35 kilos; se burlaron de mí, me declararon no apto y me mandaron a casa. Por eso no realice mi servicio militar”, cuenta Milton Sangama mientras aplaude al ritmo de sus carcajadas. Él se quedó sin “fiesta del ejército”, celebración que tienen todos los jóvenes de diversos pueblos al volver del servicio militar, en Lamas, región San Martin.

Para llegar al pueblo de Milton Sangama, Anak Churu Yacu, se camina aproximadamente una hora desde la ciudad de Lamas. El tramo es inclinado, sin demasiadas curvas, rodeado de vegetación durante todo el recorrido, algunas plantaciones de plátano o piña a los lados y paisajes que deleitan la mirada hacia cualquier dirección. Las lluvias pueden convertir la ruta en una pequeña dificultad, por ello unas botas de plástico serán de gran ayuda.

Anak Churu Yaku es una comunidad nativa que se encuentra en la provincia de Lamas y, al igual que otras comunidades del lugar, trata de mantener ancestrales tradiciones. Los jóvenes que cumplen la mayoría de edad acuden al servicio militar de manera voluntaria, demuestran de esta manera su madurez, y el amor y respeto por su tierra. Así lo hicieron sus padres y abuelos; así lo hacen ahora. A su regreso los reciben como héroes, orgullos de su pueblo y su familia. Los acogen con gran algarabía, con música y bailes tradicionales, y el infaltable aguardiente preparado para la ocasión.

La parranda dura tres días y un gran festín lo acompaña. Los boqui chicos, pescados en el río mayo, se juntan a los frejoles, caiguas, chonta y otros productos agrícolas que cosechan de sus tierras. Todo ello se combina y crean un manjar que sirven luego en su jana tiesta —utensilios de barro que hace las veces de plato— que son elaboradas por las mujeres de la comunidad. Es un festín otorgado por la madre tierra hasta el más mínimo detalle: desde el boqui chico hasta su jana tiesta.

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Almuerzo típico de Anak Churu Yaku / Foto: Iván Rondán

La “fiesta del ejército” es una de las más comunes pero no la única. La celebración más importante es la Santa Rosa Raymi. Siete días de homenaje a la patrona de su pueblo. Durante este tiempo es común ver a los pobladores con sus tapshicotas o vestimentas típicas. En el caso de los hombres, un pañuelo cubre su cabeza y las mujeres adornan sus cabellos con largas cintas de colores.

Los encargados de realizar la fiesta son denominados “cabezones”, responsables de proveer al pueblo de comida y bebida. Tradicionales tragos como el indonachado, uvachado, chicha de maíz y aguardiente sirven de excusa para los innumerables brindis de bohemios; y para los más citadinos, hasta cerveza ofrecen: bebidas para todos los gustos, muchos motivos para brindar.

El centro de las celebraciones es su plaza principal, una planicie verde adornada por grandes árboles y palmeras, y únicamente tres casas su alrededor. Una de ellas, el local comunal: cuatro enormes vigas verticales que sostienen un combinado de hojas secas que sirven como techo. Un recinto ausente de paredes. La plaza también les sirve como campo de futbol, donde cada domingo jóvenes y adultos se reúnen para jugar. Desde el centro de la plaza se ven montañas verdes en toda dirección, y el canto de innumerables aves alegra más el lugar.

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Plaza de Anak Churu Yacu / Foto: Iván Rondán

El Santa Rosa Raymi inicia el 23 de agosto y llega a su fin el 29 del mismo mes. La actividad final y más importante es el patacheco, ancestral celebración que consiste en amarrar un pato a dos carrizos, un ala en cada uno; lo pasean por la plaza y todos bailan alrededor a ritmo de sus tradicionales tonadas. Todo termina en paz; no hay desmanes. Como dicen las personas del pueblo, “los respondones” son castigados.

El señor Miton Sangama cuenta que no hay necesidad de castigar a ningún delincuente porque aquí no existen. El lleva amarrado un pañuelo naranja sobre la cabeza como si fuera día de fiesta, habla con gran alegría, sonríe y mueve las manos sin parar, sentado bajo la sombra, mientras frente a él pasan las mujeres que entran y salen de la cocina, con sus vestidos coloridos, azules, verdes, amarillos, todas hasta la rodilla.

Un doloroso compromiso

El señor Pedro Cachique cuenta que lleva 20 años de casado con la señora Santora Sangama. Él dio una gran sorpresa a sus suegros al robar a su ahora esposa de un pueblo cercano para formar una familia, tradición usual en estos lugares. Pero no es así de sencillo. Luego de dos meses de haber desaparecido con Santora tuvo que volver a la casa de sus suegros con diversos regalos, productos agrícolas, animales y agua aguardiente.

Entonces interrumpo al señor Pedro: ¿La familia de Santora nunca la busco o se preocupó por ella? “No, aquí todo se sabe, sabían dónde y con quién estaba, siempre hay alguien que te ve en el camino mientras robas a la mujer”, nos explica mientras a paso ligero nos conduce a sus parcelas por un camino delgado y de difícil acceso. Con machete en mano corta algunas ramas que interrumpen el sendero; su herramienta le sirve también de apoyo en lugares muy inclinados.

Los robos a las mujeres no son tan secretos, pero sí perfectos y necesarios para poder conseguir una esposa y formar una familia. Su huida y su regreso son parte de su “pedida de mano”. Un ritual que se tiene que cumplir para estar a derecho.
Don Pedro observa que algunos del grupo que guía hacia sus terrenos van un poco atrasados. Se sienta entonces bajo unos árboles, se saca las botas, cruza las piernas y se tira de espaldas sobre el suelo húmedo con los brazos bajo la cabeza a modo de almohada y con paciencia espera que se junten todos.

Continúa la caminata y don Pedro regresa a su historia. Nos cuenta que fue bien recibido por los padres de su amada, pero para culminar de manera correcta este acuerdo familiar tenían que cumplir con una dolorosa tradición: ser azotados en la plaza con la carahuasca, una especie de correa hecha de cuero de venado. Nos explica que estos golpes que reciben por parte de los suegros son, más que una llamada de atención, una advertencia para un buen comportamiento ante su pareja y sus familiares.

Luego de unos minutos nuevamente se sienta, sobre una roca en esta ocasión, el grupo que lo acompaña no puede con sus ligeros pasos, se saca las botas, se acomoda cruzando el talón izquierdo sobre la rodilla derecha, pero esta vez no descansa, coge su machete y con él se corta las uñas de los pies, con gran rapidez y destreza.

Emprende nuevamente el camino y continúa su conversación. El robo de su mujer, su huida y los azotes con la carahuasca fue solo el inicio de una gran celebración, luego se unen ambas familias para realizar los preparativos de la festividad que iniciará un lunes y culminará un sábado. Aquí los días del matrimonio no se pueden cambiar, pase lo que pase. El inicio es un lunes y el último día de fiesta es un sábado. Son días donde bailan “la danza”, “la caja”, “el clarinete”, entre otros bailes costumbristas.

El matrimonio obliga a los esposos a trabajar juntos la tierra; siembran, cultivan y cosechan, de eso viven y parece que vivieran para ello: del campo se encargan los dos. Pero tienen a parte cada uno responsabilidades diferentes. Las mujeres se encargan de la crianza de animales domésticos, la cocina y trabajos manuales como la artesanía; y entre una de las más importantes labores de los varones está el cultivo de agua.

Aquí cada familia tiene un puquial que cuidan con mucho esmero, de esa agua consumen, saben que el agua les da vida, alimentos y una vegetación envidiable. Tienen una relación natural con el agua y la tierra que cuidan y respetan, es lo que aprendieron de sus padres y abuelos, es lo que enseñan a los niños ahora, tratando de mantener una tradición ancestral: el respeto a la naturaleza.

Cada familia también tiene sus propias parcelas, hectáreas de tierra que hacen producir durante cinco u ocho años, luego cambian de lugar “para que la tierra descanse”, dicen ellos.

Un domingo cualquiera

En este poblado las cañerías no existen. Las mujeres acuden a los puquiales con tinajas fabricadas por ellas, las llenan de agua y como diestras malabaristas las cargan sobre su cabeza por las inclinadas curvas del camino, sin dificultad alguna. Nunca llevan zapatos, parece que ese sencillo detalle las une y mimetiza con cada elemento que las rodea. Solo queda ver la naturalidad de su caminar para sentir la armonía en el lugar.

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Como diestras malabaristas, cargan sobre su cabeza diversos objetos que traen y llevan por las inclinadas curvas del camino / Foto: Iván Rondán

Mientras algunas mujeres traen agua de un puquial cercano, Iguidio Sigaragua, José Guerra y Luís Zangama se hallan sentados en una banca de madera frente a la plaza de Anak Churu Yacu; conversan calmados, pero de rato en rato rompen en carcajadas, hablan lento, uno tras otro, nadie corta el calmoso hablar de su compañero. Iguido saca su tercer cigarrillo y con pitadas extensas, pero pausadas, lo consume poco a poco.

Es media tarde. Los jóvenes juegan fútbol frente a ellos. Parece que estos hombres de avanzada edad absorbieron la calma y tranquilidad que la selva muestra este domingo. Selva con sol, con palmeras, con tranquilidad.

Escribe: Iván Rondán García

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